Siguiendo por el bosque litoral de Isla Cristina y la suave ruta o paseo que propusimos el post anterior, es importante que veamos la adaptación que llega a soportar la flora de este delicado ecosistema ante elemento como el viento, el suelo arenoso o la gran cantidad de horas de sol.
No tenemos más que mirar hacia arriba, alzar la vista, para ver pinos y retamas inclinados y casi quemados por culpa de la brisa marina.
Durante el paseo, pues, nos acompañará otro visitante, el viento que se mezcla con los ruidos de la avifauna del bosque. Entre las aves vamos a poder ver las más típicas, a saber, el mirlo, la abubilla, el rabilargo y el jilguero.
Pero hemos de continuar, y al llegar al tercer área recreativa, la playa de la “Casita Azul”, podremos observar ya -a partir de aquí- una formación de Eucaliptus, que se extienden kilómetros hacia el levante. Así pues, al final del camino de hormigón encontraremos uno de los accesos a la playa construido con una doble finalidad, a saber, la de facilitar nuestro caminar y para que nuestra incursión no afecte demasiado al ecosistema, sobre todo al sistema dunar.
Al cruzar el acceso nos llamará la atención que las dunas se encuentran vallados y con unos elementos que no asociaremos de forma natural a este tipo de ecosistema. Esto será debido a la regeneran constante a la que se somete el sistema dunar del lugar. Una vez lleguemos a la playa, tendremos que girar hacia la derecha, hacia el poniente, para continuar la senda que hemos de seguir.
Las dunas nos seguirán durante todo el recorrido, por lo que nos tendrían que interesar en su qué. Así, son un hábitat de cierta variedad de flora y fauna muy bien adaptada a las adversas condiciones del medio. Entre las plantas encontraremos el borrón, la silene, la oruga de mar, lecherteza, cardo borriquero y la castañuela.